Cambio de hábitos: con prevención y prudencia se pueden evitar juicios por mala praxis

Ante el aumento de demandas de responsabilidad civil profesional

Un simple error administrativo puede ser el ancla para perder un juicio por mala praxis. Con algunos recaudos se puede evitar ser víctima de litigios, una realidad que llegó para quedarse.

 

Por el Dr. Roberto Chalukian, presidente de la Mutual Odontológica Argentina (MOA)

 

La responsabilidad civil profesional -comúnmente llamada “mala praxis”- hoy se ha vuelto un tema muy preocupante entre nuestros colegas y organizaciones asistenciales. Por ello, ha cobrado un espacio significativo en el acto odontológico.

Ante una demanda por mala praxis, lo primero que busca la parte que cuestiona al odontólogo y a su equipo son errores administrativos, como la pobre confección de la ficha del paciente, la falta de consentimiento informado, etc., con la finalidad de desmerecer la imagen profesional y mostrar al odontólogo demandado como un displicente, abandonado y desprolijo ante el juez.

Por tanto, mi consejo se basa en primer lugar en la prevención; pero no me refiero a la prevención como la conocemos y definimos como cuidados operatorios para con el paciente, sino en la prevención como un acto de prudencia propio. Si bien es meritorio que el profesional actuante se relacione con su paciente con calidez y contención,  también debe necesariamente esmerarse en lo que denomino “prevención profesional”, que no es más que la minuciosidad en los actos administrativos, descripciones y confección de la ficha odontológica. Debo decir en general que el odontólogo promedio no está acostumbrado ni entrenado para dedicarle tiempo a este aspecto, ya que pone gran parte de su energía en la solución del problema que trae cada uno de sus pacientes y por ende se desprotege.

¿En que se basa esa prevención? En primer lugar, en una confección de la ficha odontológica al detalle. Ante una pericia existe solo lo que está escrito. Comencemos con los datos del paciente: es importante que además de los tradicionales, figuren teléfonos alternativos para que en caso de un problema inesperado (desmayo, lipotimia, crisis nerviosa, muerte, etc.) se pueda localizar a un allegado. Debe figurar si tiene sistema de emergencia contratado, si tiene la cobertura de alguna obra social o prepaga que será debidamente consignada en la ficha con sus teléfonos de contacto y obviamente el número de documento, domicilio etc.

El interrogatorio dirigido de salud sobre su historial médico tiene que estar adosado a la ficha y actualizado si existiera un hecho nuevo. Para ello será de rutina preguntar a nuestros pacientes si desde la última declaración hay alguna situación nueva o deterioro para remarcar. Si es así, agregamos al pie los hechos nuevos resaltados con fibra, por ejemplo. Si nada se ha agregado, aun se debe llenar un casillero que tendrá la declaración de salud donde figure la leyenda que los datos no han sufrido modificaciones. Debe figurar la fecha y estar y firmado por el paciente con un lapso de seis meses.

En la ficha debe radicar nuestra mayor fortaleza, el plan de tratamiento y su somera descripción de cada acto debidamente identificado y firmado por el paciente siempre. Su firma es aceptación de lo que se le ha hecho y de pronto -sin buscarlo- una ficha con buenas descripciones se transforma en un consentimiento informado personalizado para cada acto en nuestro consultorio. Desarrollar estos concejos en detalle puede llevar muchas publicaciones, por ello me remito a lo imprescindible.

Tener un buen seguro obviamente es indispensable, salvo que se quiera jugar a la ruleta rusa… Conozco a tantos odontólogos destacados, profesores, que han dicho: “a mí, mis pacientes no me van a hacer nunca un juicio”. Y un día se despiertan con una carta documento y un juicio en ciernes, y ya es tarde: todo se transforma en zozobra, decepción, indignación y un sentimiento de labilidad y desprotección difícil de manejar.

Desde organizaciones como la Mutual Argentina Odontológica (MOA) debemos luchar para apuntalar a nuestros colegas cuando se encuentran en estado de indefensión o vulnerabilidad. Es muy frecuente escuchar en nuestras entrevistas de análisis ante una demanda que el colega, no importando su edad ni años de egresado,  manifiesta con dolor que es mejor dejar la profesión ante el daño moral que le produce una demanda. Desde mi lugar lo acompaño con argumentos y ejemplos para que vuelva a tener confianza. Los profesionales somos una herramienta especializada que le da valor a la sociedad que ha pagado por ella. Y aun cobrando honorarios por nuestro trabajo estamos devolviendo el beneficio y la oportunidad que hemos recibido al obtener nuestro título. La mayoría de nosotros hemos estudiado en una universidad pública, pero esto también se ajusta a quienes estudiaron en una privada. Es una verdadera lástima que la sociedad por demandas y juicios (muchos fabricados) pierda profesionales formados.

Todo esto que nos está sucediendo -salvando las distancias- me recuerda al código de Hamurabi 4000 años atrás. La Mesopotamia fue unificada por Hamurabi, rey de Babilonia. Impuso reglas, sanciones y normas para regular las actividades. Su código es el primer conjunto de leyes de la historia destinadas a fomentar el bienestar entre las personas y sus reciprocidades. Tenía 10 normas y 282 reglas sobre el ejercicio de la medicina, su aplicación y los castigos por mala praxis. Regulaba honorarios por diferentes operaciones  según la clase social a la cual pertenecía el paciente. La muerte de un enfermo se castigaba con la amputación de las manos del médico y según los cánones de la ley del talión. Quizás fue un desesperado intento por normalizar esa sociedad que tenía muy poco reglamentado, y reglas de convivencia casi inexistentes. En ella coexistían distintas clases sociales con desiguales derechos, distintas jerarquías de esclavos y hombres libres.

Quienes oficiaban de médicos, si por su tratamiento moría un hombre libre, perdían sus manos u ojos como castigo; y si sucedía lo mismo con un esclavo la pena máxima podría ser reponerle otro a su dueño. En cambio, si el que moría era un esclavo de la más baja condición no existía el resarcimiento ni castigo.

Imaginemos la escena como actual. El médico es llamado a la casa del hombre libre que tiene el vientre hinchado, fiebre muy alta y pérdida de conciencia. Ante ese cuadro tan incierto y donde tantas patologías pueden coexistir, el médico manifiesta que el paciente no tiene cura y se retira porque a pesar de lo que le manda su vocación sabe que si el hombre muere en medio de su tratamiento tan complicado, él será mutilado como lo marca la ley. En su trayecto a su casa ve un esclavo desmayado en la calle con los mismos síntomas, se arrodilla a su lado y trata de curarlo. La diferencia en su proceder radica en que si el esclavo muere él sigue su vida, pero si el hombre libre muere es castigado con la mutilación de uno de sus miembros. La sociedad es la primera perjudicada cuando mutila la vocación del médico.

Volvamos a la época actual. Es muy común que realicemos tratamientos fuera de la estandarización y la bibliografía utilizando inteligentemente nuestra experiencia y capacidad de análisis. Sin embargo, nuestros colegas cuando informan al juez en su función de peritos desmerecen la experiencia y dedicación y se ajustan en ocasiones ridículamente a la letra chica. Los tratamientos pueden fracasar, se realicen siguiendo la estandarización o la innovación. La biología siempre manda y esto no debería ser reprochable al odontólogo actuante.

En esos casos, la demanda está supeditada a los intereses del paciente o a su comprensión. Según mi experiencia, el factor determinante es la opinión de nuestro peor enemigo, nuestro colega con la típica frase: “¿quién le ha hecho esto?”. También, los allegados y abogados que alimentan la industria del juicio y que nunca faltan y opinan: “se puede demandar por mucho dinero”. En este momento nace el juicio y nos retrotrae a 4000 años atrás.

Esta persecución, esta espada de Damocles sobre nuestra cabeza, no debe limitar nuestro ejercicio profesional. Debemos cuidarnos, ser prolijos no solo en los tratamientos. Demos la importancia que tiene el acto administrativo.

Nos enfrentamos a una situación nueva: es necesario que aprendamos a protegernos. Comencemos haciendo prevención.

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